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La revista on-line dE estudiantes, licenciados y profesores de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ


 

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El gen egoísta

  

 

Anna Wnuk

Universidad Adam Mickiewicz de Poznañ

©2006

 

El tema de El gen egoísta de Richard Dawkins es una teoría concreta aplicada al fenómeno de la evolución de los organismos. El autor considera el proceso en cuestión desde el punto de vista de los genes, lo que va en contra de las teorías de una parte considerable de la tradición científica que lo presentan como una selección de grupos o una selección individual. Dawkins afirma que los genes aparecieron como primeros organismos vivos en la Tierra y a partir de entonces se esforzaron, de manera “egoísta” y cada vez más compleja, para sobrevivir. Formaron las plantas y los animales que constituyen sus “máquinas de supervivencia” y los protegen de los posibles peligros. De esta manera, los genes tienen una influencia importante sobre el comportamiento de todos los organismos vivos.

 

La perspectiva sobre el tema tratado en El gen egoísta es evidentemente divulgativa lo que indica explícitamente el autor mismo en el Prefacio a la edición de 1976 donde afirma que intentó escribir su libro de la manera tan asequible que sea entendido por un “profano”. Igualmente, añade que su objetivo era escribir un libro atractivo y fascinante para el lector como si fuera un bestseller y lo expresa de la manera siguiente: “No sé hasta qué punto lo he logrado, ni tampoco el éxito obtenido en otra de mis ambiciones: tratar de que el presente libro sea tan entretenido y absorbente como merece su tema. Durante mucho tiempo he sentido que la biología debiera ser tan emocionante como una novela de misterio, ya que la biología es, exactamente, una novela de misterio.”

 

De hecho, Dawkins en su libro cumple muchos de los requisitos de la perspectiva divulgativa. Por lo general, el tratamiento del tema es claro y explícito. Para atraer la atención, a veces recurre a las actitudes militantes y se declara a favor o en contra de algunos fenómenos sociales. Veamos un fragmento del capítulo VII Planificación familiar donde el autor critica la idea del Estado benefactor y señala la importancia de la anticoncepción en la sociedad humana: “La anticoncepción es, en ocasiones, atacada como algo «artificial»«desnaturalizado». En efecto, es muy inhumana. El problema radica en que también lo es el Estado benefactor. Pienso que muchos de nosotros creemos que un Estado benefactor es altamente deseable. Pero no puede tenerse un Estado benefactor artificial o desnaturalizado a menos que también se cuente con un control de natalidad igualmente desnaturalizado, de otra forma el resultado final será una calamidad aún mayor que la que se alcanza en la naturaleza.”

 

Además, no evita recursos emotivos que son tan característicos de la divulgación científica. Muchas veces usa exclamaciones que obviamente quitan la neutralidad a su texto. Citemos algunas de ellas a título de ejemplo: “Dicho autor excluye, deliberadamente, a la progenie: ¡no cuentan como parientes!” (el capítulo VI Gen y parentesco ), “¡Incluso he escuchado a gente decir que ellos pensaban que la teoría de Hamilton se aplicaba solamente a los insectos gregarios!”. Otro recurso de carácter emotivo es la selección de ejemplos del comportamiento animal, a menudo, el autor escoge los que podrían chocar de cierta manera al lector y atraer su atención. Por ejemplo, en el capítulo VIII Batalla de las generaciones nos muestra la crueldad de un polluelo de golondrina introducido en el nido de una urraca. Una vez colocado en el nido, el polluelo arrojó fuera del nido un huevo de la urraca. Cuando los investigadores, que efectuaron el experimento, volvieron a poner el huevo en el nido, el polluelo de golondrina  de nuevo lo echó fuera.

 

Otra característica de la perspectiva divulgativa es la presencia de elementos humorísticos en el texto. Dawkins, cuenta al lector muchas anécdotas y algunas tienen carácter evidentemente cómico. En el capítulo I ¿Por qué existe la gente? informa al lector que la hembra de la mantis religiosa durante la cópula devora la cabeza del macho y así consigue mejorar su “actuación sexual” dado que “en la cabeza del insecto es donde se encuentran localizados algunos centros nerviosos inhibitorios”. Luego, en la nota final nº 3, con puro humor negro, cuenta una anécdota relacionada con este comportamiento de la mantis religiosa. Según él, durante una conferencia un científico dijo que quería criar moscas frigáneas pero que no conseguía aparearlos. Uno de sus colegas, al oírlo, le contestó “como si hubiera pasado por alto lo más obvio: «¿No ha intentado cortarles la cabeza?»”

 

Otro aspecto de un texto divulgativo que cumple los requisitos de su género, es su título que tiene por objeto llamar la atención, sorprender al lector. El gen egoísta es, sin duda alguna, una combinación poco habitual. Hace pensar al lector en qué sentido se podría atribuir esta característica humana a un gen. En este caso el autor recurre a la antropomorfización. Igualmente, algunos de los títulos de los capítulos del libro tienen unos títulos bastante expresivos que o repiten el recurso aplicado en el título del libro, como, por ejemplo, El largo brazo del gen, o se refieren a comportamientos y fenómenos presentes en el mundo humano: Planificación familiar, La batalla de las generaciones, La batalla de los sexos, Tú rascas mi espalda, yo rascaré la tuya y Los buenos chicos acaban primero.

 

Además, Richard Dawkins tiene tendencia a usar estructuras cortas en su obra divulgativa. De esta manera los párrafos que separa en el texto, son más bien cortos ya que normalmente no ocupan más de media página. Igualmente, en el caso de las oraciones el autor tiende a la brevedad. Aunque aparezcan algunas un poco más largas, en gran mayoría, las frases no son excesivamente desarrolladas.

 

Otro aspecto que subraya el carácter eminentemente divulgativo de El gen egoísta es el hecho de que su autor evita en gran medida recursos que podrían contribuir al estilo impersonal. Podemos notarlo sobre todo en el uso reiterativo de la primera persona del singular: Dawkins se expresa en la mayoría de los casos como “yo”. En el capítulo I ¿Por qué existe la gente? Dawkins dice: “pienso que”, “mi planteamiento”, “deseo explicar”, “argumentaré que”. Otros ejemplos del uso de “yo” encontramos, por ejemplo en el capítulo III Las espirales inmortales: “Yo, sinceramente, voy a evadir el problema”, “espero haber dicho lo suficiente”, etc. La recurrencia del uso de esta forma gramatical indica que el autor evita de manera deliberada la impersonalidad característica del lenguaje científico. Dawkins intenta evitar cualquier recurso del hermetismo científico y por eso, opta por “yo”, la forma personal más usada en el mundo cotidiano. En el libro aparece también la segunda persona del plural que no siempre se puede identificar con el “nosotros” de modestia, tan característico del lenguaje científico. Observemos unos ejemplos de este uso peculiar que aparecen en el capítulo I ¿Por qué existe la gente?: “Ya no tenemos necesidad de recurrir a la superstición cuando nos vemos enfrentados a problemas profundos tales como: ¿Existe un significado de la vida?, ¿por qué razón existimos?, ¿qué es el hombre?”, “nosotros, al igual que todos los demás animales, somos máquinas creadas por nuestros genes”. Este “nosotros” se refiere a todos los seres humanos, el autor incluye en este grupo a todos los lectores y a sí mismo. Por eso, esta forma gramatical tiene un valor parecido a “yo” ya que Dawkins tiende a la informalidad, evita el distanciamiento científico y se presenta como uno de “nosotros”.

 

Como lo exige la perspectiva divulgativa, en el libro no aparece un número excesivo ni de tecnicismos ni de cifras. Además, siempre que aparecen los términos científicos, el autor los define de manera concisa y muchas veces, los ilustra por medio de analogías reveladoras. Por ejemplo, en el capítulo III Las espirales inmortales define el código del ADN como “los planos del arquitecto”, el cromosoma como “volumen” y el gen como “página”. Se aplica un procedimiento análogo en el caso de las siglas que siempre están acompañadas de su desarrollo cuando aparecen por primera vez, por ejemplo, ADN (ácido desoxirribonucleico). Además si son usadas en un fragmento de texto largo, su desarrollo aparece más de una vez, por ejemplo, EEE (estrategia evolutivamente estable).

 

En cuanto al lenguaje matemático presente en el libro, Dawkins lo reduce al mínimo. Así, aparecen sólo los números de valor bastante bajo que se asemejan a los que usamos en los simples cálculos de nuestra realidad cotidiana. Finalmente, cuando en El gen egoísta aparecen fracciones o cálculos, son poco complicados y adaptados a los conocimientos matemáticos de un lector medio.

 

A expensas de la neutralidad, Dawkins recurre en el texto de su libro al uso de figuras retóricas. Muchas veces formula preguntas retóricas que no tienen por objeto buscar la respuesta ya que el autor ya la conoce. Es sólo un recurso retórico cuando en el capítulo III Las espirales inmortales “pregunta”: “¿Por qué nosotros, al igual que la mayoría de las demás máquinas de supervivencia, practicamos la reproducción sexual?, ¿por qué nuestros cromosomas se entrecruzan? y ¿por qué no vivimos eternamente?”. Lo mismo ocurre cuando Dawkins formula la “pregunta” “¿Qué es el gen egoísta?” al principio del capítulo VI Gen y parentesco. Otras figuras retóricas usadas con mucha frecuencia son la metáfora y la personificación. Las dos sirven para antropomorfizar, acercar a la experiencia cotidiana del lector los contenidos científicos presentados.

 

Las metáforas que aparecen en el libro son tan numerosas que se puede decir que este tropo constituye la regla principal de la construcción de El gen egoísta. Enumeremos algunas para poder ver su carácter: “la máquina de supervivencia”-los organismos construidos por los genes para su protección y supervivencia, “interdependencia de remeros en el mismo bote”-interdependencia de genes en el mismo cuerpo”, “halcones y palomas”-“individuos muy agresivos e individuos poco agresivos”. En el caso de la última metáfora el autor añade que los nombres de estos pájaros “se refieren a su uso convencional por parte de los seres humanos y no guardan relación con los hábitos de los pájaros de los cuales han derivado los nombres”. Todas estas metáforas están relacionadas de alguna manera con el mundo humano. De esta manera, el autor recurre al procedimiento de hacer más familiares al lector los contenidos científicos.

 

La prosopopeya funciona de una manera parecida puesto que el autor introduce elementos de personificación al presentar sus ideas, lo que las hace más cercanas de la experiencia humana. Ya lo hemos observado al analizar los títulos del libro y de los capítulos. Lo mismo ocurre, por ejemplo, cuando el autor atribuye a diferentes tipos de comportamiento sexual en el mundo animal los nombres de características eminentemente humanas: “esquiva”, “fácil”, “fiel”, “galanteador”. Otro procedimiento de antropomorfización consiste en hacer hablar los animales, por ejemplo, en el caso del monólogo de un animal que considera si reproducirse u no: “¿Daré, cualesquiera sean, los pasos necesarios para traer un nuevo ser al mundo?; ¿me reproduciré?” (capítulo VII Planificación familiar). Además de los animales, son los genes que pueden hablar para dar instrucciones a su máquina de supervivencia: “Cuerpo, si eres mucho más pequeño que tus compañeros de camada, cesa en tu lucha y muere”.

 

Finalmente, de acuerdo con la perspectiva divulgativa, el autor uso recursos gráficos para subrayar algunas partes del texto. En algunos casos pone ciertos contenidos en mayúscula, por ejemplo, en el capítulo III Las espirales inmortales: FIN DEL MENSAJE DE LA CADENA DE PROTEÍNAS y COMIENZO DEL MENSAJE DE LA CADENA DE PROTEÍNAS. Igualmente, a menudo recurre a la cursiva y lo hace básicamente con dos objetivos. Primero, para destacar términos científicos importantes, como lo hace en el mismo capítulo III: “recesivo”, “dominante”, “alelos”, “acervo génico”, “entrecruzamiento”, etc. Segundo, para marcar que se trata de palabras usadas metafóricamente, por ejemplo, en el capítulo V Agresión: la estabilidad y la máquina egoísta cuando habla de los “halcones”, “palomas”, “vengadores”, “pendencieros”, etc. Otro recurso gráfico para realzar metáforas es ponerlas entre comillas, como ocurre en el capítulo III Las espirales inmortales: “la «presión de la selección natural»”, “una unidad genética «mala»”, “su «buen» alelo” o en el capítulo V Agresión. La estabilidad y la máquina egoísta: “Los genes del león «quieren» la carne como alimento para su máquina de supervivencia”.

 

De hecho, la obra de Dawkins alcanza sus dos objetivos principales: ser asequible para un lector lego y resultar una lectura fascinante. El lenguaje del libro, por lo general, no debería resultar incomprensible para un lector medio ya que el autor evita términos muy especializados y explica de manera clara y concisa aun los conceptos más básicos, por ejemplo, el “ADN”, el “cromosoma” o la “neurona”. El libro es, sin duda alguna, una lectura interesante para muchos de sus lectores puesto que propone una manera muy original de tratar un tema científico. La introducción de metáforas muy expresivas, humor y curiosidades sorprendentes del mundo animal, que la mayoría de los lectores desconoce, contribuye al carácter atractivo de El gen egoísta y asegura una experiencia lectora única en su género.

 

Ahora bien, eso no significa que no se pueda reprochar nada a la obra. Primero, hay que preguntarse cuáles pueden ser posibles consecuencias de la construcción de la teoría sobre todo por medio de la metáfora. Es verdad que éstas muchas veces resultan un recurso muy apropiado que nos permite un acercamiento intelectual a nuevas ideas mediante analogías con estos elementos del mundo que ya conocemos. No obstante, hay que darse cuenta que las metáforas proporcionan una comprensión parcial y además, ocultan ciertos aspectos de los conceptos que presentan. Por eso, no se puede olvidar que la metáfora no establece la relación de equivalencia sino tan sólo de analogía. En el caso de El gen egoísta hay que preguntarse qué fue más importante para el autor: la exactitud y la veracidad de la exposición de su teoría o la accesibilidad a cualquier precio y el entretenimiento del lector. De la respuesta dependerá si vamos a considerar la cantidad de metáforas en el libro como excesiva o perfectamente apropiada.

 

Por último, hay que considerar la cuestión de la verdadera utilidad de este específico tipo de libros cuyo ejemplo es El gen egoísta. Su objetivo es transmitir contenidos científicos, considerados por muchos como poco emocionantes, a un círculo amplio de lectores de manera tan atractiva que fascine la mayoría de ellos. Habría que preguntar a los lectores, por ejemplo, del Mundo de Sofía de Jostein Gaarder, para los cuales fue el único libro sobre la filosofía en su vida, de qué se acuerdan mejor: ¿de la doctrina kantiana o de la intriga de suspense en que fueron metidas diferentes teorías filosóficas? En este caso y en el caso de El gen egoísta lo atractivo de la envoltura puede ocultar lo esencial: el contenido. Además, ¿es una actitud realista pensar que este libro transformará a los legos en lectores aficionados de las obras científicas? Más bien, hay que esperar que muchos de ellos se sientan desanimados al encontrarse con enfoques del tema totalmente diferentes del de Dawkins.